Seguramente ya conozcáis está sensación de abismo que uno siente sobre su propio corazón. Yo me estoy ahogando en el mar de los sentimientos donde antes nadaba tan tranquilamente. Aún así, a pesar del dolor, no puedo odiar esta sensación. Ya no puedo llorar, y tampoco quiero recordar cuáles pensamientos tengo que rebuscar por mi mente para comenzar a hacerlo. Pero tampoco odio no poder desahogarme, ni siquiera escribiendo siento que destilo todo el dolor que llevo dentro. Ese dolor no quiere salir, y aunque lo intento, no lo hace. No puedo odiarlo, porque pierdo el sentido por el causante de este dolor.
Mi problema está en que a falta de odiar a los demás, primero me odiaré a mí misma, porque sí. No me importa admitirlo, y tampoco quiero cambiarlo. Seguramente penséis que o me pasa algo grave o soy tonta... Ni una ni la otra cosa, ¿por qué tengo que odiar a los demás que me hacen daño? Es sencillo, buscáis el dolor ajeno porque no podéis soportar el dolor propio, y eso os ayuda a sentiros mejor. Pero luego, al volver a casa no queréis estar a solas con vuestros pensamientos, porque vuestro propio odio y vuestros pensamientos destructivos os cortan la respiración. ¿Por qué tengo yo que fomentar eso? Sois vosotros vuestros propios enemigos, y yo no quiero ser partícipe de ello.
Aunque duela, aunque ahora mismo odie todo lo que estoy escribiendo porque no me ayuda a sacar todo lo que mi mente está gritándome... Puedo llevarlo, y puedo soportarlo, como muchas otras veces he hecho. Este dolor no es ningún enemigo al que tenga que odiar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario