Llevan toda la vida enseñándonos a contar con los dedos, con las personas, a veces nos llegaban a enseñar con lápices de colores.
Tú y yo llevamos contando del millón al uno de caídas. Despidiéndonos con un "hola" entre los brazos.
Esta vez no hemos utilizado los dedos para no perder la cuenta, y es que ya estaban perdidos. Por lo menos los míos; entre tantos lunares ni siquiera una persona calculadora como yo se encuentra.
Nuestra ecuación es la que tanto saca de quicio al más preciso matemático; horas para hacer una un gran problema y que, como resultado, te de infinito. ¿Cuántas veces habrán perdido la cabeza por nuestra causa?
No creían en las oportunidades hasta que estudiaron nuestra situación y vieron que hasta existían números con sus más y sus menos, y que todos ellos tenían la misma validez.
El problema siempre viene cuando todos esos números empiezan a perder la cabeza entre ellos; pierden el control y dejan de ser tan racionales y efectivos como nos han hecho creer que son.
Se pierden las formas y nos perdemos en ellas. Y así.