Ver. A
veces solo es tan simple como eso.
Ver para
darse cuenta. Y por fin poder cicatrizar lo que
hace unos cuantos recuerdos lleva abierto.
Ver para creer. Creer en mí.
Ver con
unos ojos llenos de lágrimas. Y secarlos. Eso también es sanar. Levantar, por
huevos tus heridas. Y seguir. Seguir como la canción de la casa del vecino, parece que quiera escapar y llegar a más corazones. Seguir como quien no
sigue nada.
Ver más
allá de sonrisas fingidas. De un falso orgasmo. De una relación muerta.
Ver el
horizonte tras el largo camino de la montaña. La de tu vida. La de mi vida. Que
tiene más cuestas para arriba que para abajo. Y respirar. Y sentirme pura. Y
libre. Respirar toda la libertad que quepa en mi pecho.
Ver.
Verme.
Mirarme
al espejo y no ser una desconocida de piel pálida. Mirarme con
lupa todos y cada uno de mis defectos. Recorrerme la piel. Y aceptarlos. Y
quererlos. Quererme.
Darme un
respiro. Llenar mis pulmones de realidad y darme cuenta de lo que llevo
teniendo delante mio durante tanto tiempo.
Y
entonces sí, quitarme la venda.
Y ver.