"Había una vez, un espejo muy grande situado detrás de una cascada que había en un escarpado monte alejado de la ciudad. Cuando Rebeca paseaba por su ciudad, miraba a lo lejos, tras la valla que impedía que los peligros acecharan la ciudad y observaba el río que bajaba con una enorme fuerza por la ladera de la montaña. Un día, que era muy especial para Rebeca porque le dirían qué camino debía seguir para continuar su futuro, muerta de miedo, buscó alrededor de toda la valla bien temprano y encontró un hueco por donde escapar. Corrió y corrió como alma que lleva el diablo siguiendo el curso del río hasta que llegó a la cascada. Allí paró y se tomó un baño mientras comenzaba a amanecer. Entonces, los primeros rayos de la mañana la cegaron y al girar la cara descubrió cómo un rayo rebotaba en la cascada y era devuelto al lago.Rebeca decidió investigar cómo podía suceder ese extraño fenómeno y descubrió una enorme caverna detrás de la cascada pero no era de piedra sino de pequeñas piedras que la reflejaban, pequeños espejos que componían una enorme imagen de ella con el reflejo de las aguas en constante movimiento.Se miraba en los espejos, era una chica hermosa, con ojos en los que tomarse unas buenas vacaciones, con una melena capaz de devolver la respiración a alguien, feroz y llena de vida como una selva y con pequeñas hojas de la carrera que se había pegado. Encontró rasguños en sus manos y piernas y sus ropas rasgadas por las ramas de los árboles y pensó que esa era la mejor imagen de ella misma, salvaje y libreEntonces, la persona de al otro lado parpadeó un instante después que Rebeca. Ella se asustó y se dirigió a un espejo más grande donde podía reflejarse entera y al tocar el espejo, su reflejo reaccionó al contacto y apartó la mano. Rebeca quedó patidifusa, no sentía miedo e hizo lo primero que se le ocurrió: "Hola", se dijo a sí misma pero al otro lado. Era una sensación rara hablar con una misma pero diferente, debía ser como hablar con un gemelo. Entonces el reflejo estiró la mano con valentía y salió del espejo para agarrar la mano de Rebeca y la empujó hacia el otro lado del cristal.Rebeca entonces apareció en la misma caverna pero desde distinto punto de vista y al girarse, no encontró su reflejo, se había fundido con la otra ella. Salió de la caverna y vio brillar la luna llena en su cabeza. Enorme, se reflejaba en las aguas. Desde lo alto de la montaña pensó que podría ver el reflejo de su ciudad pero allí no había nada más que otra montaña con pequeños agujeros y bajó corriendo por ella.Cuando llegó, descubrió que eran pequeñas casitas de las que salían los reflejos de sus vecinos del otro lado. Allí todo era perfecto, comían de su tierra y cuidaban de lo que les rodeabaLa gente hacía lo que guiaba a sus instintos, encontró a adultos jugando en columpios de madera, a dos jóvenes practicando sexo en un banco del parque, a una niña trepando por un árbol enorme mientras observaba un grupo de toda clase de personas tocando con toda clase de instrumentos melodías increíbles, llenas de vida que invitaban a bailar y saltar por todo el prado y así lo hizo, Rebeca comenzó a bailar y a tararear esa bella música, girando y saltando por el prado hasta que de pronto cayó rodando y comenzó a reír. Un grupo de personas la observaron y rieron con ella, estaban llenos de pájaros preciosos en los hombros a los que daban de comer.Entonces, Rebeca se dio cuenta de que nunca había tocado un pájaro y le preguntó a un chico si podía acariciarle. Su tacto era suave y ella quedó prendada del pajarito y su sonido. Se dio cuenta de que absolutamente todos los sonidos estaban acompasados, cerró los ojos y abrió el corazón y las orejas. Escuchaba cada trino, cada ladrido, cada nota de una flauta, cada voz, cada canción, cada ráfaga de viento y cada gota de la lejana cascada formaban la sintonía de le felicidad.Recordó entonces la cascada, los espejos y su verdadera casa y corrió colina arriba al pensar que había dejado a su familia en el día más importante de su vida. Era precioso ese lugar, lleno de magia y música pero su deber estaba al otro lado. Entonces pensó "¿mi deber está en lo que me digan cuatro desconocidos? mi deber está en mi corazón y mi corazón está en contra de esos cabronazos pero si me quedo aquí a disfutar, no me hace mejor persona que ellos, debo volver pero para cambiarlo todo, para elegir yo el camino por el que andemos mis seres queridos y yo" y volvió, cruzó la cascada, el espejo y se giró a ver a su otra yo, que tenía una sonrisa radiante y que susurraba "ánimo" con la mirada. Cruzó de nuevo la cascada y nadó río abajo hasta su ciudad. Entonces entró por el mismo agujero justo cuando la llamaban y apartando gente llegó hasta el triángulo donde le dirían qué función tenía en la vida a partir de ahora pero ella siguió adelante, cogió una pequeña piedra y la lanzó contra el ojo el primer cabrón que vio, agarró su micrófono y gritó "OS ESPERO AL OTRO LADO" The end, bitch (debería estar estudiando)"
miércoles, 18 de junio de 2014
"Digamos que he intentado tejer la lana que tenía pero que nunca he sabido tejer"
A falta de inspiración y de todo... Está aquella persona que siempre esta recordándome que la patata no se puede poseer, que no podemos ser poseídas, aquella que se ríe de todo y de todos y que le da igual lo que le digan; habla de avispas con total naturalidad, y siempre tendremos buenísimas conversaciones que desvarían con buena música de fondo y unas cervezas de por medio. A ti, muchísimas gracias por ser tan jodidamente imperfecta (como tú dices). Ahí va su cuento del día:
martes, 17 de junio de 2014
"You mean the world to me"
Tan destructivas y a la vez nos necesitamos tanto. Nunca podré imaginar lo que dependemos de ese dolor, quizá son nuestros conocimientos sobre nuestra mierda de existencia y nuestros miedos los que nos mantienen juntas. De todos modos, a veces resulta imposible soportarnos, imposible seguir diciendo aquello que nos consume cuando lo sabemos de sobra. Para qué decir lo mismo de siempre si no hay solución alguna (o quizá sí, quiero pensar que sí), pero somos tan sumamente masoquistas que dependemos tanto del dolor que nos producen como una de la otra. Y quizá sea esa línea invisible la que nos une, esa que con mirarnos a la cara o con escuchar nuestro tono de voz sabe que algo no va bien, que pasa algo y que quizá no pueda solucionarse con un par de cervezas, música o chuches que amainen el dolor, pero sí ayudan a soportarlo. A pesar de estar cayéndome o a pesar de que todo a mi alrededor esté destruido y yo sea la causante, sé que estamos aquí y ahora y te necesito; a infinitos kilómetros y te necesito; a milímetros en un abracito y te necesito. Y que sea donde sea, y aunque todo de mí te diga que me repudia todo lo que me rodea hasta tú... I need you.
domingo, 15 de junio de 2014
Somos la escoria encerrados en nosotros mismos.
Y quizá me despertaron las pesadillas que ahora son rutina en mi vida o quizá es mi consciencia la que no me deja dormir. De todos modos, aquí estoy con el pulso acelerado, la piel de gallina y lágrimas en los ojos. Ojalá fuesen lágrimas cargadas de odio o de amor, serían más fáciles de soportar, más fáciles de disimular con una sonrisa. Cómo se puede sonreír a algo que te ha dejado tan vacía, tan desgastada. Nada merece la pena, porque todo el esfuerzo puesto era en vano. Realmente, no sé de qué me estoy quejando, si en el fondo de mi ser ya sabía que aquello era algo más que imposible. Ojalá hubiese encontrado durante este arduo camino un poco de la confianza que tanto escasea...
Ojalá este texto no se llenase de arrepentimiento, pero qué más puede quedarme si me siento completamente desgastada. Inspiro, expiro. Oscuridad y un par de sueños rotos para añadir a aquel álbum donde los colecciono. Y qué más da si volveré a encontrar otros que los reemplacen; qué importa quitarse la piel a tiras si luego volverá a rejuvenecer más bella y sana que antes, más experimentada y más armada contra aquellos que quieren hacerte daño.
Ojalá este texto no diese la misma pena que yo siento al pensar sobre mí misma, y ojalá no provocase compasión. Porque seré clara, no la necesito. Está claro que digan lo que digan me va a dar igual. Ante todo he aprendido a renacer de mis cenizas y al igual que ardo con toda mi vida hasta descomponerme, resurjo de mi propio dolor. Esto no podrá conmigo y no necesito nada de nadie para volver a emprender el vuelo.
lunes, 9 de junio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
Donde duela, inspira.
Hay un miedo que no puedo calmar, siempre intento evitarlo, y es el miedo a perder a aquellas personas que tengo. Supongo que es algo a lo que estamos expuestos todos, y nunca llegaremos a superar la pérdida de un ser querido...
Cuando era pequeña, mi padre me explicaba que la vida es un tren con tantos vagones como quisiéramos o nos permitieran tener. Y que cada día que íbamos creciendo nuestro asiento iba cambiando, como la vida. Así como también solíamos cambiarnos de vagón en cada una de nuestras etapas.
El otro día soñé que estaba en una estación, supongo que habrá terminado una etapa de mi vida y empezará otra, por tanto me tocaba cambiar de vagón. Pero, cuando entraba al tren me daba cuenta de que ese vagón no me pertenecía: allí se encontraban personas de cara curtida, miradas que desprendían sabiduría, dolor y amor, experiencia aprendida con el paso del tiempo y de tantos golpes... También habían personas no tan mayores, personas que se les notaba débiles, incapaces de afrontar el devenir del mundo... Había muchas personas, pero todas tenían en común un objetivo: y es que ya no les quedaban objetivos por los que seguir adelante. Estaban cansados, bien por ellos mismo o bien la vida los había destrozado tanto que eran incapaces de poder seguir. No había ningún atisbo de vitalidad, de luchar contra la vida y los obstáculos que se nos cruzan en nuestro camino. Estas personas iban a ningún lugar, en un vagón que no tenía un destino concreto, pero sí un mismo final. El final de todo. El punto final. Para dar paso al comienzo de otro.
Me sentía triste, porque esa tristeza suya me contagiaba, me inundaba las ideas y las ganas de salir de ahí. Por lo que decidí sentarme en un de los asientos y aclarar mis ideas. '¿Por qué estaba yo ahí metida?' pensaba. Entonces, una mujer mayor con un vestido rosa palo a conjunto con su bolso y su sombrero, se sentó junto a mí y me advirtió de que este no era mi lugar, que debería de haberme confundido pero que aquí no estaba lo que yo buscaba. Mi vida debía de continuar.
Entonces una llama prendió en mi interior, aquella señora tenía razón: yo no debería estar ahí, aún no me tocaba y si había escogido este vagón sería por otras razones. Harta de respirar aquel aire paralítico, me bajé en la siguiente estación. Allí se encontraba una persona muy querida y apreciada para mí, un señor muy sabio: mi padre. Que me dijo que volviese a entrar a ese vagón; sorprendida le pregunté por qué debía de hacerlo, si no había nada que me atase a él. Y su respuesta fue muy directa: mi abuelo se encontraba en aquel vagón, y no le quedaba mucho tiempo. Por tanto esta era la última oportunidad que tenía para despedirme de él.
Sin pensarlo, subí corriendo, justo en el último segundo antes de que el tren continuara con su trayecto hacia la nueva vida. Es irónico ver como el tiempo nunca se detiene mientras nosotros nos consumimos en él. Pero algo había cambiando en aquel ambiente, ahora que el tren se encontraba más cerca del final la gente estaba consumida por el miedo: el miedo a lo desconocido, y la impotencia que produce ver como se te escapa la vida entre los dedos, como no te das cuenta que de un día a otro ya has terminado tu viaje. Aquel lleno de peripecias que creías que nunca iba a terminar. En fin. Había gente desesperada o otras que se enfrentaban a su destino como campeones que habían sido a lo largo de su vida. Recuerdo que un hombre joven, gritaba desesperado e intentó robarme el bolso, como si en su contenido fuese a encontrar una solución a su respuesta. Cuando yo en mi bolso sólo llevaba unas llaves y un libro: Hamlet.
Busqué desesperada por el vagón en busca de mi abuelo, pero sin éxito. A cada segundo que pasaba el tren iba más y más deprisa como si la velocidad aumentase en relación a la desesperación de las personas que había allí. El final estaba cerca y yo no encontraba aquel rostro tan reconocible para mí, aquel que me había enseñado desde mi infancia que la vida es dura, pero que merece la pena sufrir por ella. La señora del vestido y bolso rosa, me instó a que saltase ya. El tiempo había terminado, y mi vida terminaría también si no tomaba una decisión. Como de la nada una de las ventanas selladas se abrió y tomando impulso salté hacia la estación antes de que el tren desapareciese por un túnel del que no iba a volver. Mi cuerpo rodó por el suelo, se me pelaron las rodillas, pero estaba bien. No me importaba aquello, solo tenía en mente que no había podido despedirme de mi abuelo. En mi mente no había espacio para otro pensamiento que no fuese el arrepentimiento. Me sentía egoísta, y un sabor amargo se escondía bajo mi lengua. No volvería a oír su risa nunca más, y tampoco aprendería de sus sabios consejos. Pero lo peor, es que yo también caí en la cuenta de que estaba más cerca de ese final, que el tiempo que abrumaba a cada instante que pasaba, y que en menos que lo que dura un suspiro me encontraría en la misma situación. La idea me era insoportable, el miedo de perder a alguien impensable para mi cabeza.
Al despertar, me di cuenta de que lo que realmente me sabía mal de mí misma, no era no haberme despedido de mi abuelo. Hace tiempo comprendí que lo que cuenta no es la última despedida, es más esa es la que más amargamente recuerdas, la que te provoca la culpa y el remordimiento, sino aquellas despedidas que son dignas de recordar, aquellas que te hacen sonreír al pensar en la persona a la que echas de menos. Me sabía mal sentir que él debía de cumplir con su destino, y que su destino era aquel y yo también tenía que seguir con el mío, y obviamente, no se encontraba en aquel vagón.
No se le puede pedir a una persona que ya no le quedan motivos por los que luchar que lo siga haciendo, eso es lo realmente egoísta. Él había perdido hace ocho meses al amor de toda una vida, a su compañera de viajes, su apoyo principal. El vacío existencial que sentía su ser era insoportable para todo su sistema. Ella le daba el aire de la vida a él, representaba la alegría de la huerta para su cotidianidad, le hacía correr la sangre y llenaba su corazón de oxígeno. Todo aquello se había perdido, y qué le quedaba. Sus hijos tenían una vida propia, con familia propia, sus nietas estaban empezando a forjar su propia vida. Ya no servía para nada, y se sentía un estorbo. Había perdido la esperanza de vivir y lo peor que puede hacer una persona con tales sentimientos es seguir viviendo. Por ello, no me quedaré con la 'última' despedida, no me quedaré con un recuerdo amargo, como tampoco lloraré por desear que te quedes. No te hace feliz quedarte, no me hace egoísta desear que te marches.
Esto se convertirá en un canto a la vida, a la mía que empieza, a la tuya que acaba para convertirse en el arte del significado vivir. De ti aprendí, y de ti seguiré aprendido de tus errores y cometiendo los míos propios. Y no podremos decir nunca que realmente te has ido, siempre podremos encontrarnos en nuestros sueños, siempre podré verte en mi reflejo, porque tú estás en mí y en todos los seres que has querido y has dejado compartir momentos buenos y malos contigo. Y a fin de cuentas eso es imposible olvidar. Te echaré de menos, no lo dudes, pero quiero ser tan fuerte como tú. Y ahora toca tomar la peor decisión: dejarte marchar. Esta es mi despedida, que como todas siempre me deja con un sabor amargo. Se valiente, se fuerte.
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