Cuando era pequeña, mi padre me explicaba que la vida es un tren con tantos vagones como quisiéramos o nos permitieran tener. Y que cada día que íbamos creciendo nuestro asiento iba cambiando, como la vida. Así como también solíamos cambiarnos de vagón en cada una de nuestras etapas.
El otro día soñé que estaba en una estación, supongo que habrá terminado una etapa de mi vida y empezará otra, por tanto me tocaba cambiar de vagón. Pero, cuando entraba al tren me daba cuenta de que ese vagón no me pertenecía: allí se encontraban personas de cara curtida, miradas que desprendían sabiduría, dolor y amor, experiencia aprendida con el paso del tiempo y de tantos golpes... También habían personas no tan mayores, personas que se les notaba débiles, incapaces de afrontar el devenir del mundo... Había muchas personas, pero todas tenían en común un objetivo: y es que ya no les quedaban objetivos por los que seguir adelante. Estaban cansados, bien por ellos mismo o bien la vida los había destrozado tanto que eran incapaces de poder seguir. No había ningún atisbo de vitalidad, de luchar contra la vida y los obstáculos que se nos cruzan en nuestro camino. Estas personas iban a ningún lugar, en un vagón que no tenía un destino concreto, pero sí un mismo final. El final de todo. El punto final. Para dar paso al comienzo de otro.
Me sentía triste, porque esa tristeza suya me contagiaba, me inundaba las ideas y las ganas de salir de ahí. Por lo que decidí sentarme en un de los asientos y aclarar mis ideas. '¿Por qué estaba yo ahí metida?' pensaba. Entonces, una mujer mayor con un vestido rosa palo a conjunto con su bolso y su sombrero, se sentó junto a mí y me advirtió de que este no era mi lugar, que debería de haberme confundido pero que aquí no estaba lo que yo buscaba. Mi vida debía de continuar.
Entonces una llama prendió en mi interior, aquella señora tenía razón: yo no debería estar ahí, aún no me tocaba y si había escogido este vagón sería por otras razones. Harta de respirar aquel aire paralítico, me bajé en la siguiente estación. Allí se encontraba una persona muy querida y apreciada para mí, un señor muy sabio: mi padre. Que me dijo que volviese a entrar a ese vagón; sorprendida le pregunté por qué debía de hacerlo, si no había nada que me atase a él. Y su respuesta fue muy directa: mi abuelo se encontraba en aquel vagón, y no le quedaba mucho tiempo. Por tanto esta era la última oportunidad que tenía para despedirme de él.
Sin pensarlo, subí corriendo, justo en el último segundo antes de que el tren continuara con su trayecto hacia la nueva vida. Es irónico ver como el tiempo nunca se detiene mientras nosotros nos consumimos en él. Pero algo había cambiando en aquel ambiente, ahora que el tren se encontraba más cerca del final la gente estaba consumida por el miedo: el miedo a lo desconocido, y la impotencia que produce ver como se te escapa la vida entre los dedos, como no te das cuenta que de un día a otro ya has terminado tu viaje. Aquel lleno de peripecias que creías que nunca iba a terminar. En fin. Había gente desesperada o otras que se enfrentaban a su destino como campeones que habían sido a lo largo de su vida. Recuerdo que un hombre joven, gritaba desesperado e intentó robarme el bolso, como si en su contenido fuese a encontrar una solución a su respuesta. Cuando yo en mi bolso sólo llevaba unas llaves y un libro: Hamlet.
Busqué desesperada por el vagón en busca de mi abuelo, pero sin éxito. A cada segundo que pasaba el tren iba más y más deprisa como si la velocidad aumentase en relación a la desesperación de las personas que había allí. El final estaba cerca y yo no encontraba aquel rostro tan reconocible para mí, aquel que me había enseñado desde mi infancia que la vida es dura, pero que merece la pena sufrir por ella. La señora del vestido y bolso rosa, me instó a que saltase ya. El tiempo había terminado, y mi vida terminaría también si no tomaba una decisión. Como de la nada una de las ventanas selladas se abrió y tomando impulso salté hacia la estación antes de que el tren desapareciese por un túnel del que no iba a volver. Mi cuerpo rodó por el suelo, se me pelaron las rodillas, pero estaba bien. No me importaba aquello, solo tenía en mente que no había podido despedirme de mi abuelo. En mi mente no había espacio para otro pensamiento que no fuese el arrepentimiento. Me sentía egoísta, y un sabor amargo se escondía bajo mi lengua. No volvería a oír su risa nunca más, y tampoco aprendería de sus sabios consejos. Pero lo peor, es que yo también caí en la cuenta de que estaba más cerca de ese final, que el tiempo que abrumaba a cada instante que pasaba, y que en menos que lo que dura un suspiro me encontraría en la misma situación. La idea me era insoportable, el miedo de perder a alguien impensable para mi cabeza.
Al despertar, me di cuenta de que lo que realmente me sabía mal de mí misma, no era no haberme despedido de mi abuelo. Hace tiempo comprendí que lo que cuenta no es la última despedida, es más esa es la que más amargamente recuerdas, la que te provoca la culpa y el remordimiento, sino aquellas despedidas que son dignas de recordar, aquellas que te hacen sonreír al pensar en la persona a la que echas de menos. Me sabía mal sentir que él debía de cumplir con su destino, y que su destino era aquel y yo también tenía que seguir con el mío, y obviamente, no se encontraba en aquel vagón.
No se le puede pedir a una persona que ya no le quedan motivos por los que luchar que lo siga haciendo, eso es lo realmente egoísta. Él había perdido hace ocho meses al amor de toda una vida, a su compañera de viajes, su apoyo principal. El vacío existencial que sentía su ser era insoportable para todo su sistema. Ella le daba el aire de la vida a él, representaba la alegría de la huerta para su cotidianidad, le hacía correr la sangre y llenaba su corazón de oxígeno. Todo aquello se había perdido, y qué le quedaba. Sus hijos tenían una vida propia, con familia propia, sus nietas estaban empezando a forjar su propia vida. Ya no servía para nada, y se sentía un estorbo. Había perdido la esperanza de vivir y lo peor que puede hacer una persona con tales sentimientos es seguir viviendo. Por ello, no me quedaré con la 'última' despedida, no me quedaré con un recuerdo amargo, como tampoco lloraré por desear que te quedes. No te hace feliz quedarte, no me hace egoísta desear que te marches.
Esto se convertirá en un canto a la vida, a la mía que empieza, a la tuya que acaba para convertirse en el arte del significado vivir. De ti aprendí, y de ti seguiré aprendido de tus errores y cometiendo los míos propios. Y no podremos decir nunca que realmente te has ido, siempre podremos encontrarnos en nuestros sueños, siempre podré verte en mi reflejo, porque tú estás en mí y en todos los seres que has querido y has dejado compartir momentos buenos y malos contigo. Y a fin de cuentas eso es imposible olvidar. Te echaré de menos, no lo dudes, pero quiero ser tan fuerte como tú. Y ahora toca tomar la peor decisión: dejarte marchar. Esta es mi despedida, que como todas siempre me deja con un sabor amargo. Se valiente, se fuerte.
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