Hoy he terminado un libro, en el cual ponía a prueba los miedos de la protagonista. Es algo maravilloso como entre líneas un autor te está dando su punto de vista, está denunciando alguna injusticia (o defendiéndola) o simplemente está expresando sus más bellas y horribles pasiones. Y consiguen que te lleguen a la esencia de cada uno de nosotros. A nuestro propio ser. Tras leerlo, me he puesto a recordar la cantidad de miedos que solía tener de pequeña, como poco a poco fui creciendo y superándolos, bueno... más que superarlos fui cambiando un miedo por otro, porque esto es así, nadie ni nada te va a regalar algo gratis, hasta las cosas "malas" tienen un precio, y a veces suele ser un precio demasiado alto...
Recuerdo cuando me daba miedo la oscuridad, me daba tanto miedo que a veces cerraba muy fuerte los ojos y dejaba de respirar hasta que sentía que me dolía el pecho, y entonces concentraba toda mi atención en el dolor y me olvidaba de lo demás. Recuerdo como me sentía aliviada al sentir esa especie de dolor, como mi corazón se iba ralentizando poco a poco y como sus latidos se extendían fuertes por mi pequeña anatomía. Primero por los brazos, hasta la yema de los dedos; y después a la sien. Ese era el punto clave, ese entumecimiento me decía que tenía que volver a respirar, que era una campeona y que nadie podría hacerme daño en la oscuridad. Entonces cogía una bocanada de aire tan grande como mis pulmones me permitían, y mi el pulso de mi corazón se disparaba, trotaba por mis venas, me daba fuerte en los pulmones y me dolía la cabeza como nunca. Pero me sentía feliz, sonreía, porque cuando quería volver a pensar en la oscuridad ya estaba medio somnolienta, y ya había pasado otra noche más.
Recuerdo que cuando fui creciendo me gustaba que llegase las noches en las que la oscuridad y yo nos encontrábamos cara a cara. Yo en mi cama, mi reino, mis normas y ella invadiendo mi cama cada vez que la puerta se cerraba. Entonces me gustaba tumbarme en la cama, aún sin deshacer, y dejar que ella me invadiese, me produjese escalofríos por todo el cuerpo y me helase los dedos de los pies. Y entonces pensaba, creaba historias en mi cabeza, historias fantásticas, ese tipo de historias de niña inocente que me inventaba para dejar de tener otros miedos. Como aquella que trataba sobre una niña que se quedaba sin casa y tenía que dormir a la intemperie en medio del monte, o aquella a la que picaba una serpiente y el veneno la mataba... Típicos miedo de un niño... Cuando ya los había superado con honor y valentía (porque sí, eran mis cuentos y yo era soberana en todos ellos) estaba lo suficientemente congelada como para taparme. Pero cuando lo hacía, el calor me molestaba, me ahogaba y agobiaba. Ahí fue cuando me di cuenta de que quizás la oscuridad no era tan mala como yo pensaba...
Claro llegamos al punto en el que perdí un miedo, y la puta de ley de vida, llamarlo karma o como queráis, yo no le suelo llamar nada. Son las cosas que pasan porque sí, porque tienen que suceder y no hay ni habrá ninguna razón lógica que pueda justificarlas. En fin, me tocaba cambiar un miedo por otro, y claro, fue en la oscuridad cuando me encontré con mi mayor miedo: yo misma. A día de hoy todavía no lo he superado, pero sí he aprendido a combatirlo, y a convivir con él.
Todo empezó cuando empecé a inventarme historias de un amor pre-adolescente, conforme a mi edad. Cuando empecé a plantearme aquellas cosas que piensas por aquel momento, cuando tienes ganas de comerte el mundo como si él no fuera una bolita inofensiva de dimensiones enormes. De pequeña me gustaba apretarme los ojos en la oscuridad porque podía ver colores si los cerraba muy fuertes e imaginarme cosas... Imaginar, imaginar, siempre imaginar.... Seguía haciéndolo con doce años, y todavía no he parado de hacerlo (ni pienso parar) Pero cuando todo se volvía negro, volvían aquellos pensamientos oscuros que me hacían llorar y sentirme mal conmigo misma. Me menospreciaban y cambiaban mi comportamiento... Que cambiaban mi vida y mi persona. Y durante una larga, larguiiiiiiiiiiiiiiisima temporada lograron dominarme por completo...
Recuerdo lo que pasó durante aquella temporada oscura. Recuerdo como el mundo al que yo estaba dispuesta a zamparme de un solo bocado me engulló cuando menos lo esperaba. Recuerdo como me encontraba, como me comparaba como una personaje de un cuento que se había caído al fango después de haber tocado el cielo... Y recuerdo como remonté, como empecé poco a poco a salir de aquel pantano enfangado y a limpiar todo la mierda que había en mí. Como poco a poco volví a encontrarme conmigo misma, como volví a retomar la lectura, las ganas de escribir, la buena música... Y sobre todo, recuerdo como me enfrenté a aquel miedo que tanto me consume: mi cabeza.
A día de hoy seguimos en la misma línea, ella ataca y yo me defiendo. Pero he descubierto que a ambas, nos gusta este tipo de pelea. Me mantiene alerta frente a otros miedos externos, frente a otros peligros. Me gusta arder con lo que tengo, y reconstruirme en mis propias cenizas y volver a arder. Porque lo que venga de fuera no puede con ella, nadie es mejor rival que ella, que yo misma. Por eso sé que aunque aún queden restos de mis antiguos miedos, y de los miedos que ahora me invaden por las noches... Puedo solventarlos, puedo cambiarlos por otros e incluso regateo los que más me convienen. Puedo reducirme a lo mínimo si dejo que ella me domine, o puedo ser aquella niña que siempre estaba soñando con tirarse con un paraguas desde el tejado de su terraza porque soñaba con la sensación de volar, aquella que tenía sueños que aportaban color a la oscuridad. Porque estoy cansada de tener miedo. Estoy cansada de que tanta racionalidad provoque mi miedo: miedo a saltar desde un sitio alto y caerme... miedo a coger un coche y terminar echa una galleta maría... miedo a cualquier cosa que me invita a vivir. Miedo al fracaso. Hoy he decidido que prefiero ser una fracasada y disfrutar de los pequeños placeres que me hacen sentir viva. Desatarme por completo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario