domingo, 17 de agosto de 2014

Siempre la misma mierda.

 Ojalá el tiempo sanase todas aquellas permanentes heridas. Ojalá no fuese un puto analgésico de unas horas, unos minutos o unos días de más. Y ojalá no te hurgara más en las heridas.
 La putada de meter el dedo en una herida que estaba a punto de cerrar.  La putada de que las heridas sanen es cuando no lo hacen. Y permanecen. Como tu olor sobre mi piel al poco de abandonar mi cama. Como el sentimiento de vacío que me acompaña después.
Se esconden, pero no desaparecen. Se mantienen entre 'nuncas' y 'siempres': 'Nunca más volverá a doler'. Pero una cicatriz se abre por muchas razones, y no se cierra por casi ninguna. Y escuece.
La putada del tiempo. Que nunca cura nada. Y escuece todo. La putada de volver a tropezar. Con piedras o sin ellas. Pero, siempre, tropezamos otra vez.
Entonces sólo queda esperar. Sí, esperar. Esperar no a que algún día se cierren todas la heridas, sino a acostumbrarse al dolor que conlleva vivir con ellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario