Hoy he vuelto a mirar mi reflejo ante un espejo. Cada día odio más al narcisista que lo descubrió y se propuso mostrarlo a la sociedad. Como si al mundo no le fuese suficiente con aparentar materialmente. Que empezó destruyendo, también, a uno mismo.
Cada día me repugna más la persona que me mira al espejo. Y tengo razones para hacerlo. Entre otras por ser partícipe de un juego social. Algo que no le tendría que ir. Por ser débil. Y, también, por masacrar todo aquel signo de amor que presentan hacia ella.
Aunque, a veces, hay días en los que encuentro amor. Amor hacia uno mismo. Y me quiero. Algo que, supongo, debería de hacer más a menudo, y que no hago.
Días en los que tras noches de poco sueño y muchas pesadillas me siento preparada (y decidida) para madrugar, coger los cascos y perderme por cualquier rincón. Hasta quedar exhausta. Pero con fuerza y conmigo. Sobre todo conmigo. Conmigo feliz. Conmigo convencida de que puedo con cualquier cosa.
Y esa es la mejor forma que conozco de tenerme. Pero, al igual que todo, las cosas buenas son escasas. Y aquel momento efímero no tarda en desaparecer. Y vuelve el desprecio. El dolor. Todos aquellos pensamientos degradantes, que pudren. Que huelen a mierda.
No entiendo porque. Pero he de admitir que me gusta tenerme. Me gusta quererme. Quererme como cualquier persona necesita que la quieran. Quererme para saber lo que se siente. Quererme porque en otros momentos no puedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario