Me gustan los días nublados como el de hoy. Me gustan las nubes blanquecinas que tiñen el cielo. Me gusta ahondar entre la problemática de la nada y su infinitud. Ya sabéis, esa idea de vacío que se siente al mirar un espacio el blanco. El momento en el que espacio y tiempo confluyen con el movimiento; las formas de las nubes atadas a una realidad que ata a los propios sentidos. Sentir el goce estético, sentir lo sublime.
Hoy le puse formas al lienzo blanco, sí, cometí un gran error, me permití pensar en ella o más bien me di el doloroso capricho de dejarle entrar en mis pensamientos. Hoy la imaginé en mi mente, me esforcé por recordar su rostro, el cariño que siempre me demostraba cuando iba a visitarla, la felicidad que derramaba en sus últimos días... Yo era su preferida entre todas, y yo no la he echado de menos desde hace diecinueve meses.
Hoy quería echarla de menos, empezar a ser consciente de que no está, pero no puedo. No puedo dejar de ocultarte dentro de mi cabeza como si esa fuese la única conexión existente entre ella y yo. ¿Nunca habéis tenido a una persona que os ha hablado tanto y tan bien de otra persona ajena a vosotros que, cuando la conoces por primera vez sientes que ya sabes todo de ella? A mí me sucede algo similar, está tan presente en la vida de la persona más cercana a mí que llego a sentir que sigue con nosotras, que no se ha ido y que nunca se fue.
Hoy quiero no volver a pensar en ella, encerrarla junto con las lágrimas que purgan al sentir su ausencia; volver a mirar mi lienzo blanco a sentirme otra vez vacía a no pensar ni dolerme.
Hoy dejaré que la sensación de culpabilidad y racionalidad se enfrenten en silencio. Ya volverán mañana los días soleados y la frialdad que me generan.
domingo, 26 de abril de 2015
Mi yo y mi no-yo.
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