Escribo porque esperar algo que no va a llegar es peor que ser impuntual. Y mira que no soy yo la más indicada para escribir, la reina de la impuntualidad, a pesar de intentarlo siempre hay algo en mi vida que se tuerce. Por eso, escribo.
Escribo. Por recuerdos, lágrimas o promesas rotas, guardadas en el cajón de los sueños rotos. Escribo. Porque me impulsa a soñar, a buscar nuevas formas de vivir. Escribo. Porque es la sangre que recorre mis arterias. Escribo. Porque al hacerlo siento adrenalina saliendo por cada poro de mi piel, desde la cabeza hasta los dedos de las manos. Escribo. Porque es una borrachera constante, un ciego inacabable, una felicidad prolongada. Escribo. Porque hay muchas injusticias y muy pocas personas que se preocupen por publicarlas. Escribo. Calcando mi piel en trozos de papel. Escribo. Porque es una pequeña excusa para seguir luchando. Escribo. Porque soy mejor escritor que persona y si tengo que decirte que te quiero lo haré escribiendo: como el respirar, te necesito. Escribo. Tratando de comprender las ignominias de este mundo, tratando de comprender el mío propio. Escribo porque me gusta.
Me gusta de la misma forma que me gusta pisar ojar en otoño y que la piel se me ponga de gallina. Me gusta como no madrugar un domingo. Me gusta como tus besos a media mañana. Me gusta al igual que me gusta el frío de las noches, aquel frío que penetra en mi piel y acelera mi respiración. El mismo frío que me despierta acariciándome por las mañanas y me recuerda que tú no estás en mi cama para darme calor.
Y sana. Y alivia. Y cura aquello que nadie podría imaginar que duele tanto. Escribo porque a veces me falta voz para intentar hablar sobre mí misma en silencio. Escribo porque el deshago empieza por dentro. Escribo dolor por vicio, lloro por vicio. Escribo por mí y para nadie. Escribo porque me recuerda que llorar es tan bueno por dentro como por fuera.
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