Hoy he estado leyendo tus cartas, sí las pocas que tengo, gracias a tus pequeñas excusas de no saber expresar los sentimientos correctamente.
No puedo creer que haya sido capaz de acabar con todo esto; me dueles menos de lo que pensaba, vaya.
Pero no puedo negar que tengo el cuerpo destrozado después de nuestro último abrazo, me siento como una cualquiera dentro de tu vida. Que ya no está dentro.
Noto tu enfado desde la distancia y tu incapacidad de ver todo el daño que has creado.
Yo era un pajarillo y tú mi anillo de fuego por el cual adoraba jugar. Qué pena que todas las quemaduras tengan que doler de esta forma.
No me arrepiento de haberte regalado mis mejores momentos. Quiero que te los quedes porque están mejor contigo. Te ofrecería todas mis piezas, pero necesito recomponerlas primero para ofrecerme, y no estoy segura de que tú las quieras.
¿Sabes cual es el mayor problema? Que ambos sabíamos que lo que mis rodillas sujetaban era un vaso de ácido. Que ha terminado por abrasarme la piel. Tú, mientras, mirabas. Negando que eso fuera tu causa.
No te enfades porque yo sepa amarme mejor de lo que tú has hecho; a ti también te he amado mejor que lo que nadie hará.
No era tan complicado jugar a esto, pero tú hace tiempo que decidiste jugar solo, y yo no iba a estar esperándote para participar.
Confiaba en ti y en tus palabras.
Sigo igual de destrozada que hace un día cuando todavía sabía algo de ti. Mi mente todavía recuerda las palabras tontas que solo tú y yo entendíamos. Y tranquilo que el corrector del móvil sigue recordándome cómo nos reíamos cuando éramos felices.
No soy capaz de borrar todas nuestras fotografías; es gracioso que solo yo tenga un diez por cien de ellas y que el noventa restante no las haya visto nunca.
Te hablo con la voz ronca porque me duele pronunciar todas estas palabras. Y te escribo tecleando entre un mar de lágrimas.
Me has dejado en tal ruina que no puedo cambiar mi vida con tanta rapidez como la que a mí me gustaría.
No merece más palabras que estas una persona que continúa estático mientras tú continuas cayendo.
Pero te he escrito, te he escrito mucho, te he escrito como al principio te escribía: a todas horas. Eres un dolor de cabeza bonito, y me estás ahogando. Por eso te he escrito una última carta, en el mismo papel amargo que tiene mi lengua al pronunciar tu nombre. La he arrugado para que envejezca antes. Es una pelotita demasiado minúscula para todo lo que lleva dentro. Ahí estamos tú y yo, y nos he tirado a la basura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario